Infinita mezcla. Eternal mixture. CBA/ARG

I

Abrir los ojos, mirar afuera y ver el día claro.
Sentir el frío de afuera, sonreírme y cerrar los ojos.
Sentir el peso de las sábanas, las frazadas y el calorcito de tu cuerpo.
Me estiro, me acomodo y me acurruco.
Tu respiración, tu cuerpo y tu calor.
Ganas de quedarnos así, por siempre.
Así, con todo, en la nada.
La nada y el todo.
Llenarse el uno con el otro.
Sentir el frío, los árboles y los pájaros.
Las piedras, el agua y la tierra.
Ese clima invernal que es para dos.
Para dos y por siempre.
Eterno.

II

Frío, niebla, dedos fríos, helados, los pasos sobre la tierra, las piedritas, los árboles, los pájaros, tres capas de abrigo, tu mano en la mía, la aspereza y la suavidad de tus manos, el viento en la cara, seguir caminando.
El calorcito de adentro, el olor a fósforo, el agua calentándose, el ruido de las cucharas en las tazas, un té enorme, caliente, que quema.
El sueño, las ganas de dormir a tu lado.
El piso frío y duro, la suavidad del pijama y las medias gruesas, las frazadas ásperas, esperando; las sábanas calentitas, delicadas.
Soñar con vos, con camellos y un desierto.
El sol quema en el sueño, sentimos nuestros pasos en la arena. Vemos las dunas naranjas, onduladas, infinitas.
El sol baja de a poco. Todo se vuelve naranja, rosa, fucsia y amarillo.
De pronto todo es azul, oscuro y frío. Sentimos paredes de piedra y la luna, allá arriba.
Seguimos caminando, escuchamos el eco de nuestros pasos.
De repente llegamos a una sala con grillos enormes verdes y violetas.
Pasamos por debajo, lento y sin hacer ruido, hasta llegar a un piso que parece de nube.
Estamos en una.
Sentimos una melodía extraña. Es dulce y nos invita a sumergirnos en la nube.
Nos hundimos.
Caemos, caemos cada vez más rápido hasta aterrizar en el colchón.
Nos reencontramos y nos alegramos de volver a vernos y estar juntos.
Sin decir nada, nos sonreímos, nos miramos y sabemos que en el próximo sueño nos vamos a volver a encontrar.

III

Todo es negro, infinito y te veo allá, lejos y de espalda.
Corro hasta vos, me sentís llegar y con un abrazo como saludo, me invitás a correr.
Todo se va aclarando, de a poco y llegamos al borde de un risco. Nos frenamos de golpe y un par de piedritas caen rodando hasta abajo.
Allá lejos, el mar nos llama.
De la mano, nos dejamos caer y bajamos suave, flotando como plumas.
Estamos lejos del mar, hacia el cual vamos corriendo mientras sentimos el calor del sol y nos vamos sacando las zapatillas, la remera.
El mar nos recibe.
Azul, inmenso y bravo. Las olas nos empujan, nos alejan, nos atraen y nosotros seguimos jugando, sin resistirnos.
Salimos exhaustos, sintiendo la arena en nuestros pies y el viento frío en el pecho.
Me doy vuelta, mirando al mar para despedirme y en eso ya no estás.
Te llamo, te busco, grito tu nombre.
No pasa nada. Estoy sola en el medio de la nada.
Cada vez siento más frío y empiezo a temblar. Me siento chiquita, sola y perdida. Estoy cada vez más nerviosa, sigo sin encontrarte.
Cierro los ojos y aparecés a mi lado, como antes.
Todo se ilumina.
Como la primera vez, me tomás de la mano y vamos corriendo, rápido y sin saber a dónde.
No nos cansamos y corremos cada vez más.
El suelo pasa cada vez más rápido por debajo nuestro.
Ya no estamos en la playa. Hay pasto alto y flores de lavanda por todos lados.
Nos acostamos en el pasto a dormir. Sentimos perfume a lavanda, rosas y jazmín.
Ya es de noche y nos dormimos viendo las estrellas, sintiendo la brisa suave.
En mi sueño me duermo, pero me despierto en la realidad
Sonrío, me acerco a vos un poco más y me vuelvo a dormir.